

MiXta (Alcohol 0,9 % vol.): Sin duda, la cerveza con más burbujas de las tres analizadas. Por su textura y su color rubio claro, parece un refresco con gas, pero apenas refresca. Tiene un sabor amargo que no recuerda al del zumo de cebada, ni mucho menos. Se podría beber incluso ¡con hielo! Y eso no es un buen piropo para una cerveza. La original campaña de publicidad que acompaña a esta bebida está muy por encima del producto.
Nota como bebida: 6
Nota como cerveza: 5
Shandy (Alcohol 0,9 % vol.): Cruzcampo imprime mucho carácter a su elixir más cítrico. Es la marca que tiene más presencia y consumo en los bares del sur de España. También tiene burbujas y aspecto de refresco. Además, apenas tiene espuma y es una bebida ligera. Pero sabe mucho más a cerveza. En el fondo, sabe a Cruzcampo.
Nota como bebida: 6,5
Nota como cerveza: 6,5
San Miguel 0,0 Manzana (Alcohol 0,0 % vol.): Es la menos conocida de la tres y, para muchos paladares cerveceros, la menos atractiva, ya que, según ellos, “si no hay alcohol no sabe igual”. Pero sorprende. Tiene mucha espuma y menos gas que sus competidoras. Es una bebida sin alcohol pero en ningún momento se confunde con un refresco. El toque de manzana le favorece. Presume de logros casi paradójicos: tiene zumo de manzana, no tiene nada de alcohol y mantiene la identidad de una cerveza.
Nota como bebida: 8
Nota como cerveza: 7
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Conocí a Rafael Álvarez ‘El Brujo’ gracias a Pilar Bellido. Los elogios de mi profesora hacia uno de sus actores preferidos no pasaron inadvertidos para mí. Recuerdo aquel vídeo de La taberna fantástica, del abertzale Sastre, en la que El Brujo interpretaba con maestría a un borracho desgraciado. Dos años después, he podido verle sobre las tablas y esta es mi particular, breve y humilde crítica de la obra representada.
El evangelio de San Juan – Teatro Romano de Mérida, 19 de julio de 2009
Se abre el telón. Humo en el escenario. Banda sonora de música gospel. Ambiente tenebroso, de liturgia negra. Y, de repente, un saltimbanqui de melena color ceniza vestido de bufón del año cero. Es El Brujo. Habla de un Evangelio, el de Juan, la mano derecha de Jesucristo. Pero también habla de Gallardón, de Ágata Ruiz de
El público, acostumbrado a trágicos textos griegas, sonríe. Interrumpe la función con risas o aplausos. Y El Brujo lo agradece. Se relaciona con la audiencia, saca al pueblo a escena. Pasa dos horas sobre el escenario él solo, pero no aburre. La audiencia se entretiene.
Pero sólo se entretiene. A la representación le falta el éxtasis. Hay muchos momentos cómicos, pero ninguna carcajada. También hay muchos momentos casi místicos, con un lenguaje profundo, pero sin catarsis. La obra se queda en un término medio que puede llevar a la indiferencia: no escandaliza al católico ni deja indiferente al agnóstico. Simplemente les entretiene.
Muchos se preguntan si el Festival de Teatro Clásico que protagoniza los veranos emeritenses debe dar cabida a propuestas como este Evangelio de Rafael Álvarez. La respuesta es sí. Y no porque en el texto sale Pilatos, como han dicho algunos críticos, sino porque el drama clásico necesita ampliar su campo de aceptación para dar cabida a nuevas interpretaciones. Y porque su relato de la época romana entretiene mucho más que el gran parte del repertorio grecolatino, explotado ya hasta la saciedad.
Por el contrario, puede que un teatro romano con capacidad para más de dos mil personas no sea el lugar adecuado para un monólogo humorístico. El Club de la Comedia exige cercanía con el público, un aforo limitado. Exige que todos los espectadores vean los gestos, las muecas del monologuista. Y eso no es posible en Mérida.
El Brujo sigue siendo El Brujo, y tiene más tablas y ambición que nunca. Sólo por eso, El Evangelio de San Juan es una puesta en escena que merece la pena ver. No es una obra maestra, ni algo que no se haya hecho antes, ni una revolución. Pero entretiene.

